lunes, 2 de noviembre de 2026

El peso de elegir

Vivimos convencidos de que crecer es sinónimo de certeza: elegir una vocación, encontrar una pareja, trazar un plan y avanzar en línea recta. Pero la realidad rara vez tiene esa prolijidad. Por eso, La peor persona del mundo (Joachim Trier) se siente tan real y tan incómoda a la vez.

Julie, su protagonista, no es una villana ni una persona insensible. Es alguien atrapado en la trampa del potencial infinito. Pasa de una carrera a otra y de un vínculo a otro no por frivolidad, sino por un miedo muy actual: sentir que cada elección definitiva mata a todas las otras versiones posibles de uno mismo. Vive esperando que empiece su "verdadera vida", hasta que descubre que la vida era precisamente eso que ocurría mientras dudaba.

La película deja algunas ideas difíciles de sacudir:

  • Elegir siempre implica un duelo: Todo "sí" a un camino es un "no" a otros diez. Asumir la adultez no es tener todo resuelto, sino aprender a convivir con la renuncia que exige cada decisión.

  • El peligro de ser espectador en vida ajena: Es fácil refugiarse en la solidez de alguien que ya sabe quién es, pero a costa de convertirse en un personaje secundario de su historia. Descubrir la propia voz requiere, inevitablemente, incomodidad y espacio propio.

  • La culpa de no saber qué querer: Sentirse "la peor persona del mundo" suele ser el costo emocional de romper moldes o lastimar a otros sin mala intención, simplemente por el hecho de estar buscando un lugar en el mundo.

El final no ofrece soluciones mágicas ni cierres de comedia romántica. Muestra a Julie habitando su presente, con sus pérdidas a cuestas, pero por fin en el centro de su propio cuadro.

Quizás madurar sea justamente eso: reconciliarse con la incertidumbre, aceptar que no podemos serlo todo y entender que equivocarse de rumbo a veces es la única manera de encontrarse.

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