Conocí un jugador que hacia lo que quería. Podía clavarte un tripe o ir hasta abajo del aro. Se paraba enfrente del defensor, amagaba tirar, amagaba cortar, y el defensor invariablemente quedaba desairado. Cuando el tenia la pelota el estadio esperaba que saque un conejo de la galera y disfrutaba hacerlo. Yo conocí a un jugador que una noche hizo todo lo que quiso.
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