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viernes, 13 de junio de 2025

Correr

Yo corro. Corro poco, corro treinta minutos cada día, pero corro. Corro siempre por el mismo circuito, corro como un hámster, como un perro entrenado, corro por las calles de mi barrio, entre el paredón del cementerio y los talleres mecánicos, entre las veredas rotas y los autos en estado de desastre. Corro. Corro siempre sola, siempre con música, siempre en las tardes aunque a veces —pocas — corro también en las mañanas. Corro en Buenos Aires pero he corrido en Alcalá de Henares, en una playa de Portugal, en el parque del Retiro de Madrid, en Santiago de Chile, en una cinta de gimnasio en un hotel de Caracas. Pero nunca pude correr en Bogotá o en México o en Quito, donde la altura me aniquila. Corro porque me gusta sentir la furia de los músculos, la arrogancia del cuerpo, y porque cada vez es la primera: porque cada vez hay que remontar el agobio y las ganas de no correr y el horror de los primeros minutos hasta que, en algún momento, todo desemboca en un cono de silencio en el que no hay tiempo, ni frío, ni calor, ni cansancio, ni desesperación: sólo la voluntad de permanecer allí para siempre, en ese lugar horrible como si fuera el paraíso. Corro. Corro poco, corro treinta minutos cada día, pero corro. Corro para aprender a aguantar lo que no se aguanta, para no llegar a ninguna parte, para romper el insano silencio del mundo. Para sentir, parafraseando a Clarice Lispector, que soy más fuerte que yo misma. «Vengo de comulgar y estoy en éxtasis / aunque comulgué como un ahogado», escribió el poeta argentino Héctor Viel Temperley. Corro para comulgar como una ahogada. Corro para escribir. Corro porque escribo. Porque es igual de inútil, igual de necesario, igual de pavoroso.

lunes, 9 de junio de 2025

Entrenar

Hay que amasar el pan. Hay que amasar el pan con brío, con indiferencia, con ira, con ambición, pensando en otra cosa. Hay que amasar el pan en días fríos y en días de verano, con sol, con humedad, con lluvia helada. Hay que amasar el pan sin ganas de amasar el pan. Hay que amasar el pan con las manos, con la punta de los dedos, con los antebrazos, con los hombros, con fuerza y con debilidad y con resfrío. Hay que amasar el pan con rencor, con tristeza, con recuerdos, con el corazón hecho pedazos, con los muertos. Hay que amasar el pan pensando en lo que se va a hacer después. Hay que amasar el pan como si no fuera a hacerse nada, nunca más, después. Hay que amasar el pan con harina, con agua, con sal, con levadura, con manteca, con sésamo, con amapola. Hay que amasar el pan con valor, con receta, con improvisación, con dudas. Con la certeza de que va a fallar. Con la certeza de que saldrá bien. Hay que amasar el pan con pánico a no poder hacerlo nunca más, a que se queme, a que salga crudo, a que no le guste a nadie. Hay que amasar el pan todas las semanas, de todos los meses, de todos los años, sin pensar que habrá que amasar el pan todas las semanas de todos los meses de todos los años: hay que amasar el pan como si fuera la primera vez. Habrá que amasar el pan cuando ella se muera, hubo que amasar el pan cuando ella se murió, hay que amasar el pan antes de partir de viaje, y al regreso, y durante el viaje hay que pensar en amasar el pan: en amasar el pan cuando se vuelva a casa. Hay que amasar el pan con cansancio, por cansancio, contra el cansancio. Hay que amasar el pan sin humildad, con empeño, con odio, con desprecio, con ferocidad, con saña. Como si todo estuviera al fin por acabarse. Como si todo estuviera al fin por empezar. Hay que amasar el pan para vivir, porque se vive, para seguir viviendo. Entrenar. Amasar el pan. No hay diferencia.

La felicidad dura cinco minutos

La voz humana Era de noche. Volvía de la plaza de Mayo, donde había estado trabajando durante una manifestación, y me metí en el metro. Caminé por un pasillo azulejado y, cuando doblé por otro, me llegó por la espalda una voz que cantaba. Fue como si me hubieran golpeado los pulmones. Me detuve en seco. ¿De qué estaba hecha esa cosa? Parecía una materia formada por partículas de nieve y chispas de fuego y huesos de animales preciosos, con capacidades químicas para producir la alteración y la locura. La voz cantaba una canción machacona y sensiblera de Marco Antonio Solís y, cuando llegó al estribillo —«no hay nada más difícil que vivir sin ti»—, sentí que me asfixiaba. Regresé sobre mis pasos y miré. Vi, sentado en el piso, a un hombre ciego tocando la guitarra y, a su lado, a un chico de unos diez años. De él brotaba esa voz cargada de un dolor sulfúrico, llena de pasado, que me hundía un espolón de fuego en la garganta. Y, mientras hacía eso —mientras me hacía eso—, el chico, Dios mío, jugaba, sin levantar la vista, al Candy Crush. Era como ver a Mozart tocando el piano y revolviendo, a la vez, una olla sobre el fuego. Voyeur invencible, me quedé mirándolo. Me dejé enardecer, detenida en mi aleph de éxtasis, y el chico cantó esa canción una, dos, tres veces, sin dejar de jugar, sin levantar la vista, mientras yo, con la espalda contra la pared, me sentía cruda y poderosa, contemplando la vida de los muertos y la muerte de los vivos y viendo abrirse, ante mí, las puertas del entendimiento. ¿Si hablé con él, si me preocupa su destino? Qué preguntas tan obvias. No estoy hablando de eso. Estoy hablando de otra cosa. Estoy hablando de aquel pasaje de William B. Yeats: «tan honda fue mi felicidad, que me sentí bendito y pude bendecir». Tan honda fue mi felicidad, que me sentí bendita y pude bendecir. Y eso duró cinco minutos que, como todo el mundo sabe, es lo que dura la felicidad.

sábado, 24 de mayo de 2025

Cuidado!

Leo, hacia el final de Un hombre enamorado, la temible y fabulosa novela del noruego Karl Ove Knausgård, esta frase: «Mis rabias eran mezquinas, me enfadaba por detalles tontos, ¿a quién le importa quién fregó qué a la hora de mirar hacia atrás al resumir una vida? […] ¿Cómo se podía echar a perder la vida enfadándose por el trabajo de la casa? ¿Cómo era eso posible?». Sí. ¿Cómo es eso posible? Y, sin embargo, la pila de platos sucios, la pelea en torno a quién le toca hacer la compra, transforma nuestro corazón, alguna vez en llamas, en un pantano ciego. Y lo hace con una eficacia sibilina, más tóxica e irreversible que una catástrofe mayor. A veces, cuando camino por la calle y veo caras sumergidas en la indiferencia, en la resignación o el miedo, me digo: cuidado. Porque ¿cómo es que sucede? ¿Cuándo la fruición de la carne empieza a deslizarse, anestesiada, entre las páginas de un libro, los anteojos para la presbicia, el beso de las buenas noches? ¿Cuándo dejamos de reírnos como lobos? ¿En qué momento la prudencia empieza a ser más importante que todo lo demás, el crédito hipotecario que todo lo demás, la compra en el supermercado que todo lo demás? ¿Cómo, en qué momento los domingos de almuerzo con los suegros reemplazan para siempre el desayuno a las cuatro de la tarde, el amasijo, los tiernos bordes de la noche licuándose en un amanecer de pájaros ardientes? ¿Dónde está aquel sueño imposible, tan enloquecido: a qué pila de escombros hay que ir a buscar? Cada vez que veo en las caras la prudencia, la resignación, el miedo, me digo: cuidado. Me miro la sangre y los tendones. Me entreno para estar despierta. Dicen: «Les sucede a todos: el tiempo pasa». Me dirán loca. Yo siempre estaré buscando, bajo los adoquines, la arena de la playa. Leila Guerrero

jueves, 22 de mayo de 2025

La gente se salva sola

Y entonces, porque yo estaba triste, el sábado pasado me llevaste a ese parque, tan cerca de casa, tan lejos del mundo, y caminamos por el sendero de tierra, entre las cañas de bambú, respirando el aire fino y caliente en el día desierto, y me contaste que habías estado allí un tiempo atrás, tomando unas fotos, y que te habías topado con un tipo rarísimo que tocaba la guitarra detrás de un arbusto —como un desconsolado, como un perro frenético—, y lo imitaste a gritos y yo me reí (recordando aquella vez, hace años, cuando éramos casi unos desconocidos y, en un bar de una isla de Colombia, mientras sonaba Bob Marley, vos, hasta entonces silente y discreto, empezaste a cruzar la pista de una punta a la otra, con unos ridículos pasitos à la Fred Astaire, y yo te miraba con asombro y felicidad como quien descubre un tesoro recién hecho), y cuando llegamos a un recodo del camino me señalaste una hiedra, me dijiste «Ponete ahí», y bajo ese sol de ámbar empezaste a tomarme algunas fotos. Todo olía a eucaliptus y a tierra, y sonó la campana que anunciaba el paso de un tren y la tarde, dentro de mí, se hizo trizas en miles de fragmentos de sangre y hueso y hielo, y vos te acercaste, me quitaste un mechón de la cara, me dijiste «Tan linda», y yo te miré desconcertada, como un animal encandilado y alerta, y me preguntaste «¿Mejor?», y yo te dije «Sí». Y me sentí un monstruo, un animal, un ser lleno de secretos y pájaros oscuros. Porque no era verdad. Porque, a pesar del paseo y las fotos —y el mechón de pelo y tu intento de salvarme de todas las cosas— no era verdad. Porque la gente no salva a la gente: la gente se salva sola. Y no supe si vos lo sabías. Leila Guerrero

La felicidad como distracción

Plantas en mi balcón, un colibrí, el cielo como una bandeja celeste, palomas, polvo traído por el viento y depositado como una capa de vello rubio sobre el piso de pinotea —yo, tratando de escribir esta columna—, el pez articulado con escamas de nácar que era de mi abuela y que está junto a mi computadora, el cairel de la araña de su casa que se rompió la semana pasada y cuyos trozos coloqué sobre un paño, el goteo sincopado de un reloj —yo, tratando de escribir esta columna—, retazos de recuerdos —una cena en la plaza de Puebla, un hotel en Arequipa, risas—, la alfombra áspera bajo los pies, las uñas de los pies que pinté ayer de color sangre, el pote con crema para las quemaduras (me quemé cocinando) cuyo olor me recuerda al de la crema que me ponía mi abuela para curarme las rodillas después de haberme pasado el día jugando juegos de varones —yo, tratando de escribir esta columna—, el pan en el horno, la máquina lavadora funcionando con su eficacia fresca, una nube como el retazo de una tela limpia, el poema de Ana Ajmátova que no citaré, la sencillez rampante de los lápices negros en mi portalápices de acero —yo, tratando de escribir esta columna—, el pequeño gajo de la desesperación asomando como una uña maligna, el abismo ahí nomás, la charla de hace días con el dibujante Miguel Rep, en su programa de radio, cuando le hablé de Un hombre enamorado, el libro de Karl Ove Knausgård que él no conocía, diciéndole que era la historia de un escritor que busca desesperadamente el tiempo y el espacio para escribir mientras vive con una mujer y unos hijos a los que ama, inmerso en una rutina que lo tranquiliza y que necesita pero que, a la vez, lo aniquila y le impide trabajar, y Miguel Rep, con ojos de quien ya ha estado allí, diciendo sabia, medirianamente: «Ah. La felicidad como distracción». Yo, que no he dejado de pensar en eso desde entonces. Leila Guerrero

miércoles, 14 de mayo de 2025

Padres

Ayer vi a una mujer en el metro. Tironeaba del brazo de una nena y gritaba: «¡Caminá, pelotuda! ¡Idiota! ¡Caminá!». Cuando veo cosas así, y las veo a menudo, puedo sentir cómo ese cerebro infantil se llena de esporas venenosas que, en pocos años, florecerán transformadas en traumas, furia contra los otros, brutalidad. ¿Para qué sirve un padre? ¿Para hacer qué con la carne que parió? Mis padres tenían, sobre la cama, un cuadro con una frase cursi de Khalil Gibran: «Los hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida». Mi padre me enseñó a pescar, a hacer el fuego, a leer, a limpiar pinceles con aguarrás, a escuchar a Beethoven. Me dijo así se mata a un pez cuando se lo saca del agua, así se pela un pato, así se sobrevive a la pérdida, así a un hombre peligroso, así se juega con fuego. Me daba de beber vino caliente cuando volvíamos del campo. El otro día practicamos tiro usando de blanco unas monedas. Él, casi orgulloso, contemplando la que yo había agujereado, me dijo: «Siempre fuiste mejor que yo». Mi madre me enseñó a leer poesía, a estudiar, a levantar el ruedo, a tener la paciencia de la prolijidad, a cocinar, a decir buen día, perdón y gracias, a montar una casa, a vivir sola, a estar sola, a conducir (con una camioneta que tenía la rigidez de un tractor y que ella manejaba con la falda haciendo un pliegue tan femenino entre sus muslos que daban ganas de aplaudir). «Ay — decía mientras me enseñaba—, tenés tanto sentido de la coordinación, sos tan segura, tan serena», aunque todo eso era, por supuesto, mentira. No sé si mis padres fueron buenos padres. Pero, si pienso en ellos, podría citar esa parte de La Ilíada en la que Héctor, al despedirse de su hijo antes de ir a la batalla, dice: «Que algún día se diga de él cuando suba del combate: “Helo ahí, es mucho más valiente que su padre”». Es una carga pesada. Pero, al menos, no es una promesa de aniquilación. Leila Guerrero

martes, 13 de mayo de 2025

No te suelto

 «¿Ya está, ya pasó?», preguntó mi madre. «Sí, mi amor, ya está, ya pasó», dijo mi padre, y sonrió y le dio un beso en la frente. Mi madre, todavía atontada por la anestesia de una operación que no había servido para nada, no sonrió pero dijo, con alivio, «Gracias a Dios». Yo estaba allí. Yo vi esa bestialidad. Yo sabía que a Dios no había que agradecerle nada porque la enfermedad iba a enterrar a mi madre a puñetazos en un cuarto de hospital del que no volvería a salir nunca, y me pregunté entonces, y me pregunto ahora, qué clase de hombre hay que ser para ser el hombre que fue mi padre aquella tarde: un hombre que, mirando la soledad de miedo que empezaba a abrirse bajo sus pies, parado al borde de la última ceja del abismo, se tragaba su horror y decía: «Aquí estoy: yo no te suelto». ¿A qué dioses se habrá encomendado para no aullar, para no moler a golpes el cuarto, el hospital, el mundo, mientras el cuerpo de mi madre marchaba seguro hacia la muerte? Supe que Amparo Fernández, la mujer del Cigala, el cantante flamenco, murió de cáncer una madrugada de agosto pasado en República Dominicana y que la noche siguiente él, el Cigala, subió a un escenario de la ciudad de Los Ángeles para hacer una presentación que tenía programada y, con los ojos revueltos de dolor y sangre, con traje de luto planchado por su propio hijo, enredado en los primeros crespones de la muerte, cantó. Cantó como quien dice «Aquí estoy: yo no te suelto». ¿Qué hay que ser para ser un hombre así? Porque yo quiero ser ese hombre. Yo quiero, todo para mí, ese coraje. Leila Guerrero