Yo corro. Corro poco, corro treinta minutos cada día, pero corro.
Corro siempre por el mismo circuito, corro como un hámster, como
un perro entrenado, corro por las calles de mi barrio, entre el
paredón del cementerio y los talleres mecánicos, entre las veredas
rotas y los autos en estado de desastre. Corro. Corro siempre sola,
siempre con música, siempre en las tardes aunque a veces —pocas
— corro también en las mañanas. Corro en Buenos Aires pero he
corrido en Alcalá de Henares, en una playa de Portugal, en el parque
del Retiro de Madrid, en Santiago de Chile, en una cinta de gimnasio
en un hotel de Caracas. Pero nunca pude correr en Bogotá o en
México o en Quito, donde la altura me aniquila. Corro porque me
gusta sentir la furia de los músculos, la arrogancia del cuerpo, y
porque cada vez es la primera: porque cada vez hay que remontar el
agobio y las ganas de no correr y el horror de los primeros minutos
hasta que, en algún momento, todo desemboca en un cono de
silencio en el que no hay tiempo, ni frío, ni calor, ni cansancio, ni
desesperación: sólo la voluntad de permanecer allí para siempre, en
ese lugar horrible como si fuera el paraíso. Corro. Corro poco, corro
treinta minutos cada día, pero corro. Corro para aprender a aguantar
lo que no se aguanta, para no llegar a ninguna parte, para romper el
insano silencio del mundo. Para sentir, parafraseando a Clarice
Lispector, que soy más fuerte que yo misma. «Vengo de comulgar y
estoy en éxtasis / aunque comulgué como un ahogado», escribió el
poeta argentino Héctor Viel Temperley. Corro para comulgar como
una ahogada. Corro para escribir. Corro porque escribo. Porque es
igual de inútil, igual de necesario, igual de pavoroso.
Los psicólogos Baltes y Staudinger plantean este modelo en donde selectividad consiste en elegir tus oportunidades y definir metas alcanzables, optimización va de buscar el mejor rendimiento posible en ellas y la compensación va de encontrar estrategias para compensar las limitaciones que tenemos. Llevémoslo a un ejemplo que explica Pacho O´Donnell en el libro "La nueva vejez": En una entrevista televisiva le preguntaron al famoso pianista polaco-estadounidense Arthur Rubinstein cómo hacía para vencer la edad y seguir siendo el concertista de piano número uno a los 90 años. Respondió: “En primer lugar, de todo el repertorio musical he elegido las piezas que más me gustan y con las que me siento más cómodo [selección]. En segundo lugar, practico todos los días las mismas horas, pero como ensayo menos piezas, dedico más tiempo a cada una [optimización]. Por último, cuando tengo que interpretar movimientos que requieren de más velocidad en mis dedos de la que puedo conseguir, h...
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