Psicólogo Deportivo. No hay forma de competir contra alguien que se divierte haciendo lo que hace.
lunes, 9 de junio de 2025
La felicidad dura cinco minutos
La voz humana
Era de noche. Volvía de la plaza de Mayo, donde había estado
trabajando durante una manifestación, y me metí en el metro.
Caminé por un pasillo azulejado y, cuando doblé por otro, me llegó
por la espalda una voz que cantaba. Fue como si me hubieran
golpeado los pulmones. Me detuve en seco. ¿De qué estaba hecha
esa cosa? Parecía una materia formada por partículas de nieve y
chispas de fuego y huesos de animales preciosos, con capacidades
químicas para producir la alteración y la locura. La voz cantaba una
canción machacona y sensiblera de Marco Antonio Solís y, cuando
llegó al estribillo —«no hay nada más difícil que vivir sin ti»—, sentí
que me asfixiaba. Regresé sobre mis pasos y miré. Vi, sentado en el
piso, a un hombre ciego tocando la guitarra y, a su lado, a un chico
de unos diez años. De él brotaba esa voz cargada de un dolor
sulfúrico, llena de pasado, que me hundía un espolón de fuego en la
garganta. Y, mientras hacía eso —mientras me hacía eso—, el chico,
Dios mío, jugaba, sin levantar la vista, al Candy Crush. Era como ver
a Mozart tocando el piano y revolviendo, a la vez, una olla sobre el
fuego. Voyeur invencible, me quedé mirándolo. Me dejé enardecer,
detenida en mi aleph de éxtasis, y el chico cantó esa canción una,
dos, tres veces, sin dejar de jugar, sin levantar la vista, mientras yo,
con la espalda contra la pared, me sentía cruda y poderosa,
contemplando la vida de los muertos y la muerte de los vivos y
viendo abrirse, ante mí, las puertas del entendimiento. ¿Si hablé con
él, si me preocupa su destino? Qué preguntas tan obvias. No estoy
hablando de eso. Estoy hablando de otra cosa. Estoy hablando de
aquel pasaje de William B. Yeats: «tan honda fue mi felicidad, que
me sentí bendito y pude bendecir». Tan honda fue mi felicidad, que
me sentí bendita y pude bendecir. Y eso duró cinco minutos que,
como todo el mundo sabe, es lo que dura la felicidad.
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