Psicólogo Deportivo. No hay forma de competir contra alguien que se divierte haciendo lo que hace.
sábado, 24 de mayo de 2025
Cuidado!
Leo, hacia el final de Un hombre enamorado, la temible y fabulosa
novela del noruego Karl Ove Knausgård, esta frase: «Mis rabias eran
mezquinas, me enfadaba por detalles tontos, ¿a quién le importa
quién fregó qué a la hora de mirar hacia atrás al resumir una vida?
[…] ¿Cómo se podía echar a perder la vida enfadándose por el
trabajo de la casa? ¿Cómo era eso posible?». Sí. ¿Cómo es eso
posible? Y, sin embargo, la pila de platos sucios, la pelea en torno a
quién le toca hacer la compra, transforma nuestro corazón, alguna
vez en llamas, en un pantano ciego. Y lo hace con una eficacia
sibilina, más tóxica e irreversible que una catástrofe mayor. A veces,
cuando camino por la calle y veo caras sumergidas en la
indiferencia, en la resignación o el miedo, me digo: cuidado. Porque
¿cómo es que sucede? ¿Cuándo la fruición de la carne empieza a
deslizarse, anestesiada, entre las páginas de un libro, los anteojos
para la presbicia, el beso de las buenas noches? ¿Cuándo dejamos
de reírnos como lobos? ¿En qué momento la prudencia empieza a
ser más importante que todo lo demás, el crédito hipotecario que
todo lo demás, la compra en el supermercado que todo lo demás?
¿Cómo, en qué momento los domingos de almuerzo con los suegros
reemplazan para siempre el desayuno a las cuatro de la tarde, el
amasijo, los tiernos bordes de la noche licuándose en un amanecer
de pájaros ardientes? ¿Dónde está aquel sueño imposible, tan
enloquecido: a qué pila de escombros hay que ir a buscar? Cada vez
que veo en las caras la prudencia, la resignación, el miedo, me digo:
cuidado. Me miro la sangre y los tendones. Me entreno para estar
despierta. Dicen: «Les sucede a todos: el tiempo pasa». Me dirán
loca. Yo siempre estaré buscando, bajo los adoquines, la arena de la
playa. Leila Guerrero
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