sábado, 23 de abril de 2016

El murciélago

"A fines de noviembre de 2006, durante la final mundialista que se jugó en Buenos Aires, la selección de Brasil tuvo en un arco todo el partido a la Argentina. Los brasileños estrellaron dos tiros en los palos y ejecutaron un penal que el arquero argentino desvió por muy poco. La situación de Los Murciélagos era desesperante. De pronto, una pelota disputada se abrió y Silvio la recibió en el medio campo, encaró en velocidad y esquivó por izquierda a un jugador que le salió al paso. En ese instante, Velo se dio cuenta de que iba quedándose sin ángulo e imaginó, en fracciones de segundos, dónde estaba el arco y hacia dónde se tiraría el arquero. Imaginó que el brasileño esperaría un bombazo al primer palo. Y entonces, sin verlo, Velo pensó que podría engañarlo: le apuntó al segundo palo, le pegó con "tres dedos" y estremecedora suavidad. La pelota se elevó en cámara lenta, hizo una comba hacia arriba y hacia adentro, y se clavó violentamente en el ángulo contrario. Fue tal la conmoción que Brasil se quedó desarmado y frío. Ese gol de oro valió un mundial, una vuelta olímpica y una fiesta interminable. Velo era el héroe invencible, capaz de todo. Me pregunto cómo es posible concebir esa maniobra sin ver la pelota, el área, el arco y al arquero. No se lo digo, pero por primera vez sospecho que muchísimas cosas dependen menos de la vista que del instinto. Que la vista está incluso sobrestimada en este mundo de la imagen y que la imagen distrae de la esencia de la vida. Silvio no ve el fútbol, pero lo siente." De "El largo vuelo del murciélago", Jorge Fernández Diaz