"Me duele el estomago!" gritaba el impaciente. "Acá te tenes que morir para que te atiendan. Te tenés que morir y yo me estoy muriendo!" Una y otra vez gritaba poniendo nervioso a todos, mientras el médico clínico se ocupaba de una verdadera urgencia. Fue entonces cuando Eskenazi apareció en escena: salió despacio a la sala de espera con andar pesado y rostro endurecido, y lo hizo pasar con un gesto. Lo revisó a conciencia y le dió secamente una buena noticia: no tenía nada serio. Ahora salga -le ordeno el cirujano de manos enormes-. Salga y digale a todos que era mentira lo que estaba gritando, que de esto no se va a morir. Tiene buenas maneras pero también cara ojerosa de pocos amigos.
De "La hermandad del honor", de Jorge Fernandez Diaz.
De "La hermandad del honor", de Jorge Fernandez Diaz.