En un mundo dominado por la prisa, la capacidad de resistirse
al ansia de hacer las cosas más rápido -y de permitir, por lo tanto,
que se tomen su tiempo- es una forma de procurarse cierto control
sobre el mundo, de hacer el trabajo que importa y de extraer cierta
satisfacción del proceso mismo, en lugar de dejar para el futuro la
posibilidad de sentirte realizado.
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