En vez de negar o ignorar las emociones, los buenos jugadores las identifican y lograr influir en ellas. Saben etiquetar con precisión las emociones, las demás y las propias. Y una vez etiquetadas, pueden hablar de ellas sin dejarse llevar por ellas. Ven las emociones como una herramienta, como un medio y no un obstáculo.
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