Hoy mi vieja cumple setenta años. Me pone muy feliz que la vida la encuentre dueña de su tiempo, dueña de sus deseos. No puedo dejar de escribirle desde mis cuarenta y pico y mis deseos para ella. A esta edad -cuando ya caminamos, corremos y volamos solos- a lo que más aspiro es a que la pase bien, que se ría, que no se haga demasiado problema por nada, que se rodee de gente buena y que la quieran. A mi edad la madre es algo que no va a cambiar, uno ya la quiere como es, es alguien a quien uno le tiene mucha gratitud -quizás porque también es padre. A esta edad uno sabe diferenciar las formas -amor, cuidado- de los contenidos -portate bien, cortate el pelo, come los zapallitos. Me ha tocado una madre que siempre me ha dado amor, que me ha acompañado. Quizás otros hoy rescaten de ella que fue buena maestra, o que los acompaño en las malas, o que siempre ayudaba en el club donde crecimos. Yo no. Yo a esta edad rescato que ella pueda sonreír seguido, que viaje, que la pase bien. Quizás ese deseo sea mi forma de agradecerle lo que ha sido como mamá o decirle todo lo que la quiero.
Pep Marí propone el siguiente modelo en forma de piramide asociado al alto rendimiento. En la base el "Poder aprender" (ser humilde, tener los pies sobre la tierra, un entorno que ayude), luego "Querer aprender" (pagar todo el precio que implican las metas que te trazas), más arriba "Saber aprender" (tener claro el proceso de aprendizaje incluyendo el aprender de los errores) y por último "Demostrar lo aprendido" (poder rendir bajo la presión de la competencia).

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