En un experimento con estudiantes se les asignaron ocho problemas bastante difíciles. A un grupo de ellos se les elogio su habilidad: "Has sacado un ocho. Esa es una nota muy buena. Se ve que eres muy inteligente!" A otro grupo se les elogio su esfuerzo: "Has sacado un ocho. Esa es una nota muy buena. Se ve que has trabajado muchísimo!". No se les hizo ver que tenían una habilidad especial, se los alabó por hacer lo necesario para tener éxito.
Cuando les dimos a elegir, el primer grupo rechazo una nueva tarea retadora de la que podrían aprender. No querían hacer nada que pudiera sacar a la luz defectos ni poner en duda su talento.
Por el contrario, cuando se elogio a los chicos por su esfuerzo el 90% de ellos quería una nueva tarea estimulante de la que pudiesen aprender.
Cuando se les dieron problemas más difíciles que los estudiantes ya no hicieron tan bien, aquellos a los cuáles se le había elogiado la habilidad sintieron que "no eran tan inteligentes después de todo". Por otro lado, los chicos a las cuáles se les había elogiado el esfuerzo sintieron que "solo se trata de esforzarse más hasta poder resolverlo", no lo veían como un fracaso.
Respecto al rendimiento, los alumnos elogiados por su habilidad se derrumbaron después de la experiencia con la dificultad, habían perdido la fe en su habilidad. Por el contrario, los chicos que creían en el esfuerzo, rendían cada vez mejor.
Elogiar la habilidad llevaba a una caída en el rendimiento y elogiar el esfuerzo lo elevaba.
Cuando les dimos a elegir, el primer grupo rechazo una nueva tarea retadora de la que podrían aprender. No querían hacer nada que pudiera sacar a la luz defectos ni poner en duda su talento.
Por el contrario, cuando se elogio a los chicos por su esfuerzo el 90% de ellos quería una nueva tarea estimulante de la que pudiesen aprender.
Cuando se les dieron problemas más difíciles que los estudiantes ya no hicieron tan bien, aquellos a los cuáles se le había elogiado la habilidad sintieron que "no eran tan inteligentes después de todo". Por otro lado, los chicos a las cuáles se les había elogiado el esfuerzo sintieron que "solo se trata de esforzarse más hasta poder resolverlo", no lo veían como un fracaso.
Respecto al rendimiento, los alumnos elogiados por su habilidad se derrumbaron después de la experiencia con la dificultad, habían perdido la fe en su habilidad. Por el contrario, los chicos que creían en el esfuerzo, rendían cada vez mejor.
Elogiar la habilidad llevaba a una caída en el rendimiento y elogiar el esfuerzo lo elevaba.