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Ganar a corazón abierto

Al final del primer tiempo perdíamos por diecisiete puntos. De visitantes. En una cancha en donde estiras el brazo e invadís el campo de juego. El partido era un enigma al que no le encontrábamos la zota. No sé si la recuperación empezó la primera vez que nos tiramos al piso para no perder esa pelota dividida o cuando metimos aquel triple para acortar la distancia con la desesperación del que corre un tren que no quiere que se le vaya (para ser sincero con ustedes, sé donde empezó pero seria hablar de mis preferencias personales y escasez de talento,,,). Un par de jugadas mostró la luz al final del túnel y de repente la tribuna visitante -la nuestra- se prendió fuego. El partido se transformo en un 5 contra 100. Nuestra gente empezó a gritar contagiada por lo que veía. En un momento sentimos sin ninguna duda que este partido lo ibamos a ganar. Mi hijo junto con sus tres amigos se saco la camiseta y la empezó a revolear al aire mientras alentaban. Una mamá de esas que preparan la mochila de sus hijos a la mañana le gritaba a la jueza "Cobra! Fea! cobra!" y es evidente que cuando una mujer le grita a la otra "Fea" el clima esta enardecido. Cuando logras emocionar a un niño de once años que te alienta desde la tribuna o a una mamá estas jugando a corazón abierto con tu gente. Y lo logramos. Logramos pasar al frente muy cerca del final. Llegamos raspados pero para ser justos con el juego, también hicimos cosas de los que saben, de los que juegan con guantes blancos, de los que hacen lo complejo parecerlo simple, de los que saben ganar por haber conocido el sabor amargo del perder. Cuando el partido estaba ahi, cayendo para un lado o para el otro, lo agarramos fuerte, lo apretamos contra el pecho y ya no se nos escapo. Hay partidos que le hacen honor a la capacidad de un equipo de escribir una historia de amor. A jugar a corazón abierto. Así fue el partido de anoche.

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